El éxito en los negocios y el crecimiento personal me dieron confianza, pero como cualquier mujer, no era inmune a las presiones de los estándares de belleza. Desde temprana edad, la sociedad imponía expectativas no dichas sobre cómo debíamos lucir, movernos y presentarnos. La belleza se definía a menudo por cualidades que complacían los sentidos: simetría, estructura y armonía en la apariencia. Estos ideales, moldeados por la cultura y los medios, evolucionaban constantemente, cambiando con las tendencias y los cambios sociales.